Así se fragua la unión ancestral de las parejas wayúu

La ranchería Alijunakimana está a pocos minutos de Riohacha en una carretera bordeada en ambos lados por árboles secos y cactus que vigilan ese rincón del desierto. En esa vía no es muy común el transitar de los autos, sin embargo esa mañana los vehículos invadieron la entrada del caserío en dirección a la choza donde Lizbeth, una joven wayuu, esperaba el momento en que se oficializaría su compromiso.
Cerca de veinte hombres algunos con sombreros y unas que otras mujeres vestidas con mantas murmuraban en español y wayuunaiki sin levantar la voz. Cada uno estaba sumergido en esas conversaciones a las que se recurre para matar el tiempo.

Sin embargo todos guardaron silencio cuando una anciana tomó la palabra. Su cabello era largo y ceniciento, en su cuello colgaban collares de piedras negras y rojas. Era dueña de un aura de autoridad que no solo se reflejaba en el movimiento de sus manos y en el tono de su voz, sino también en la forma como las personas la observaban.

Ella, Isabel, pero conocida por todos como Mama, de la casta epiayú, es y era en esos momentos la máxima autoridad de la ranchería Alijunakimana. Sus palabras casi sonaban como un regaño y en su rostro serio había una mezcla de serenidad y preocupación como si ambas emociones pudieran estar juntas. Muchos de los presentes parecían entender sus palabras. Solo los alijunas (nombre que se les da a las personas ajenas a la etnia wayúu) estaban confundidos porque Mama hablaba en wayuunaiki.

De esa forma inició la ceremonia en la que Orlando pediría la mano de la nieta de la anciana. Lizbeth observaba a su abuela en silencio. Tenía sus cabellos recogidos a causa del calor y vestía una manta azul. Su piel cobriza y sus ojos negros eran sus rasgos más llamativos.

Mama habló de la responsabilidad que los jóvenes estaban a punto de adquirir, afirmó que cuando pidieron su mano se hizo una reunión similar y explicó que por tradición el tío materno, más que el padre o la madre es quien toma las decisiones referentes a los hijos.

Y es que en este pueblo indígena, el más numeroso del país y ubicado principalmente en La Guajira, prima una costumbre que dicta que los hijos pertenecen al clan de la madre y los tíos maternos tienen la responsabilidad de proveer todo lo que necesiten sus sobrinos.

Las palabras de la matriarca fueron seguidas por un largo silencio, interrumpido solamente por el balido de los chivos. Orlando hizo las veces de traductor, mientras que una niña paseaba con un recipiente y mojaba los alrededores de la enramada para que la arena no se levantara con el viento.

Cuando el novio explicó lo que Mama había querido decir, Rafael, el padre de Lizbeth, un hombre con gafas y de rostro bonachón, interrogó al muchacho sobre sus intenciones con su hija, a lo que este manifestó sus deseos de cuidarla y hacer público el compromiso.

Una vez el padre y el novio guardaron silencio, fue cuestión de segundos para que empezara una discusión. Las palabras en otro idioma invadieron la enramada. La familia del novio hablaba y Mama y sus hijos respondían. El volumen de voz aumentó a medida que Isabel señalaba a todos como si estuviera enojada por algo. Un grupo de hombres que estaban frente a ella negaba con la cabeza. Los alijunas se miraban sin saber qué estaba ocurriendo.

Solo cuando se escucharon las carcajadas, la tensión terminó.

—Ahora damos paso a la famosa “dote”— explicó Orlando. La dote son los valores que entrega la familia del novio por la novia. No es una compra, ni el pago corresponde al precio de la mujer. Tal y como lo explicó el novio, la dote es “la muestra del respeto que uno tiene hacia los familiares de ella” y la discusión que había tenido lugar minutos antes se debía a que la familia de Lizbeth no había solicitado ningún pago, pero los familiares de Orlando insistían en cumplir con el requisito.

La preocupación del clan de Mama era que el pago de la dote se malentendiera como si se estuviera transando por una vaca, o por una gallina. Fue por eso que Orlando pidió al padre de Lizbeth que decidiera si aceptaba o no y este a su vez delegó a un tío de ella la responsabilidad.

Cuando se llegó al acuerdo (luego de aclarar que el pago de esa ceremonia había sido simbólico y no una dote tradicional en la que podrían incluirse cien cabezas de chivos y vacas) la familia del muchacho hizo entrega de un dinero al tío de Lizbeth.

Una vez se guardó el dinero y se estrecharon las manos, la parranda inició. Los vallenatos ocuparon el lugar que antes tenía el silencio y el trago se repartió entre los asistentes. Los hombres de ambas familias se abrazaron y entonaron las canciones como hermanos de toda la vida y las felicitaciones rodearon a los prometidos. Las mujeres se dirigieron al lugar donde estaban las ollas sobre los fogones de leña y empezaron a servir la comida.

Primero friche con bollo, luego sopa y después carne y arroz. Los perros y las gallinas caminaban por entre las piernas de las personas en busca de comida. El whiskey y las cervezas estuvieron siempre presentes y dieron rienda suelta a las anécdotas asociadas con cada uno de los vallenatos que iban sonando.

De un momento a otro llegó la noche en ese rincón del desierto. No había más luz que la de las estrellas y por eso costaba trabajo verse entre sí, pero ni eso fue impedimento para que la fiesta continuara.

Familiares y amigos bailaron, otros repartieron el trago y algunos se tumbaron en chinchorros para reunir fuerzas para más tarde.  Y bajo ese cielo estrellado estaban sentados Lizbeth y Orlando que conversaban, reían y quizás estaban tomados de la mano, quizás no.

Tomado de El Espectador

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